martes, 13 de febrero de 2018

Hacer la diferencia para no hacer diferencias.






En esta parte del viaje debemos responder si “Las mujeres de tu entorno, ¿disfrutan del reparto de tareas o de la práctica de la corresponsabilidad en sus entornos?” y…¡¡uff!!…es una gran pregunta cuando te sumerges realmente en el concepto de CORRESPONSABILDAD.

Nuestra curiosa naturaleza nos llama incansablemente a buscar el origen y el sentido de las cosas. Para ello desenvolvemos una serie de mecanismos de análisis y síntesis de todos los componentes de nuestro entorno y de nosotros mismos, como seres siempre en evolución.

Así, una sana búsqueda de la especificación de las similitudes y diferencias entre hombres y mujeres ha dado paso, a lo largo de la historia, a un sinnúmero de juicios (y prejuicios) desafortunados que, no necesariamente se han enfocado en una mirada respetuosa o integrativa de la mujer en las diferentes culturas.

Para Aristóteles, por ejemplo, la diferencia estaba claramente explicada, en “la naturaleza superior del macho”. Comprender y respetar el principio era fundamental para el equilibrio de la polis (esto es analizado en forma muy interesante y dinámica por María Luisa Femenías). La publicidad actual (al menos desde este lado del planeta), más de 2000 años después, sigue presentando el mismo mensaje: detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer.

Una gran mujer, por lo tanto, es aquella que está detrás del hombre como la publicidad lo indica que viene a ser un actual del “como la ley manda”: es simultáneamente una excelente dueña de casa, trabajadora, estudiante, amiga, hermana, tía, hija, madre, nuera y se ve espectacular gracias a los productos avanzados en cosmética y medicina que debe usar y consumir a diario.

Una “gran mujer” es, en consecuencia, responsable de todo y de todos por lo que no exigiría jamás una corresponsabilidad. Eso la convertiría en una “pequeña mujer” y ser pequeño no es algo permitido a nuestra cultura. En concepto de “trabajo en equipo” solo se concibe en lo laboral. Lo que sin duda no da los resultados proyectados pues es algo que aún no se “macera” dentro de los hogares.

En mi entorno cercano (incluso de mujeres que admiro y que podrían rápidamente asimilar esta práctica) se hace necesario “conversar” el concepto y, cual procedimiento médico para abandonar malo hábitos, requerirá de apoyo permanente y recordatorios de que hacer las diferencias es sano, pero solo si sirve para no hacer diferencias.

Porque como decía en un grafiti callejero: “los hombres y las mujeres no somos iguales: somos equivalentes”.



Referencias dignas de profundización:


Femenías, M. L. (1988). Mujer y jerarquía natural en Aristóteles. Hiparquia, 1(1), 8-19.

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